jueves, 18 de agosto de 2016

Oficio de papagayo

Hay una buena parte del exilio cubano que ha reconstruido su vida, y la de su familia, viviendo de manera digna y decorosa.

El exilio cubano que, se sabe, subvenciona en buena medida la economía cubana.

El exilio cubano, variopinto como es, que cuenta además con una inmensa cantidad de exitosos profesionales, empresarios, intelectuales, deportistas, y artistas. Tengo el privilegio de conocer a algunos personalmente, y a varios los puedo llamar amigos.

A todos ellos, a todos nosotros, que ostentamos, y con orgullo, diversas ciudadanías, a todos los que salimos de Cuba porque nuestro talento, vida y futuro estaban sofocados bajo la mole de escombros que apiló sobre nosotros el desgobierno de la isla, nos llama, los llama ex-cubanos”un impresentable personajillo de la claque oficialista cubana, un tal Randy Alonso.

El triste vocero llama ex-cubanos a los deportistas cubanos que, bajo la bandera de otro país, compitieron en las Olimpiadas. Por extensión, nos llama ex-cubanos a los que tuvieron, tuvimos, la oportunidad y el talento para salir de Cuba y hacernos de una nueva y mejor vida profesional y personal gracias a las oportunidades que en la isla no existen.

No sé a derechas quién es ese hombrecillo, ni cómo llegó a ser una suerte de voz y rostro de la oficialidad, confirmación por demás de que ese ente, la cosa oficial, es muy fea.

Tengo entendido que llegó a la televisión junto con las mesas redondas, y yo, que tuve la suerte adicional de librarme de conocer tales cosas al dejar Cuba en el año de gracia de 1997, pues me enteré de la existencia de este ejemplar de la nueva horneada panfletaria muchos años después, y eso solo porque tengo el hábito de leer en Internet sobre Cuba.

Este compañero debe haber sido sacado a flote por la putrefacción de la profunda crisis socioeconómica de los años noventa en Cuba: había entonces que ser muy desalmado para sentarse a defender lo indefendible, a manipular, a desinformar. Y hay que ser muy miserable para seguirlo haciendo todavía.

Nadie, y mucho menos alguien que no aporta nada a la cubanidad, al país, que no es capaz siquiera de ganarse la comida que consume, tiene la potestad ni la autoridad, moral o legal, para descalificar a un cubano tan solo porque este viva y prospere en otro lugar.

Vamos: uno ya no es de Cuba porque allá no vive y con toda probabiliad nunca más lo haga. Pero uno sigue siendo cubano, porque, como escribí casualmente hace unos días “tan solo por decir ´soy mexicano, soy español, soyamericano´, no se le desprende a uno la cubanía, que es costra,piel y entraña”.

Sirva esto para calar la mediocridad rampante de los informadores y de los medios de comunicación en Cuba, que siguen depredando amparados por el aparato oficialista y la total falta de libertad de expresión.




lunes, 15 de agosto de 2016

LPV in memoriam

En los aciagos años noventa del pasado siglo, en plenas carencias periodoespeciálicas, circularon resoluciones, orientaciones y ukases varios que llamaban a la frugalidad cuando se tratase de desayunos, almuerzos y cenas oficiales convocadas para agasajar extranjeros.

Variando de ministerio a ministerio, de ujier a ujier, unas exigían que por cada comensal extranjero podía sentarse a la mesa un cubano; otras prefererían el porcentaje y establecían que en las comelatas solo estaba permitido un treinta por ciento de famélicos nacionales.

Alguien me contó que en cierto ministerio, en cierto momento, llegó a manejarse un diez porciento, es decir, un cubano por cada nueve extranjeros, pero la complejidad de resolver tal ecuación para grupos menores de nueve echó por tierra tal ejemplarizante medida.

La idea era ahorrar, no despilfarrar, hacer más con menos, no dilapidar los preciados recursos que el Estado necesitaba para el pueblo y eso, y etcétera.

Me tocó verlo de cerca: unos británicos nos invitaban con insistencia a almorzar o cenar con ellos en la “casa de visita” y, a fuerza de estar apenados por tener que decirle una y otra vez que no, nos autorizaron a cuatro de nosotros a un almuerzo con aquellos tres ingleses. Fue la primera vez en mi vida que vi, los ojos dilatados por sorpresa y la boca inundada de saliva, un boliche mechado. Corría, lento, el 1993...

Hoy veo el escuálido medallero cubano en las Olimpíadas y no puedo menos que pensar que, detrás de esos deportistas. hay además de una institución gubernamental toda una delegación de funcionarios que van a Rio, con los gastos pagos, a ver si alguien los invita a un rodizio.

De aplicarse aquella matemática de fin de siglo de desamparo, que buscaba mantener a los cubanos lejos de la mesa y la copa, los porcentajes medalla/funcionario estarían en un orden fraccionario, algo así como aquellas guaguas atestadas, con gente colgando de puertas y ventanas, siendo la guagua la medalla y la multitud los burócratas del diezmado deporte cubano.

Vamos: que parece que, a la par de la extinción de la "potencia deportiva" , se le está secando la ubre a la vaca deportiva cubana...

viernes, 12 de agosto de 2016

Postal de cumpleaños

No estimado, espero que Usted, al recibo de la presente, tenga la suficiente lucidez para poder leer mi postal.

Y tarareo:

Y por eso yo soy cubano,
Y me muero siendo cubano

¿Quiere que le diga algo? Yo soy cubano porque no me queda más remedio, y no por vocación.

Cubano, porque tan solo por decir “soy mexicano, soy español, soy americano”, no se le desprende a uno la cubanía, que es costra, piel y entraña.

No importa si se habla ahora el español con esos ridículos acentos mixtos que no son ni cangrejo ni pescado, o si los frijoles negros ya no están en la mesa a diario, o si se repite, una y otra vez, que no sabíamos cómo podíamos vivir en “aquello”. Uno sigue siendo cubano. Yo sigo siendo cubano.

Pero ya no soy de Cuba.

Y tarareo:

Quiero un sombrero
De guano, una bandera
Quiero una guayabera
Y un son para bailar

En realidad, no quiero nada de eso.

No me asienta llevar nada en la cabeza, gorra, gorro, o sombrero. Mucho menos de guano. Las guayaberas, pues fueron secuestradas por Ustedes, por los mismos que ya habían secuestrado el resto del país, y yo no quisiera parecerme a Ustedes ni por equivocación, así que no guayaberas para mí.

Pero no tengo nada en contra de la bandera que, ni siquiera Usted, en su neurótico mandato, hubiera podido cambiar -la hoz y el martillo junto a la estrella. El son -que es lo más sublime-, por demás, lo bailo a medias.

Tampoco me queda nada de aquellos orgullos implantados, ¿Usted se acuerda? Claro que sí: “Somos una potencia”, alucinógeno chovinista que Usted nos inyectó, nos inyectában, nos inyectábamos, en la vena nacional.

Potencia médica, potencia deportiva, potencia educacional. Los tres pilares básicos con los que Usted apuntaló a su fantasma.

Que eran cuatro los pilares, yo lo recuerdo, porque Usted, en su delirio, llegó a pensar que había exterminado a las putas, que el Hombre Nuevo era asexual, que Usted les taponearía el medio para su no remedio. Pero no hay quién se deshaga de las putas, ¿sabe?, así que estas regresaron, y de qué manera; se le insertaron en la economía, señor. Cuba te Espera, las piernas abiertas, cooperando con la recaudación de divisas, señor, con esa Cubita de tanta puta y tan menguada industria.

Así que le quedaron solo tres pilares. Construidos con recursos ajenos, tres pilares de naipes, tres pilares que necesitaban mucho más que discursos para mantenerse en pie y que, a falta de soviéticos y venezolanos que los sostuvieran, terminaron por desplomarse sobre las cabezas de los cubanos, azorados por el descalabro de su potencia de papel maché.

Y con el derrumbe también se fue abajo la fachada de isla promesa, la bonita, la trinchera, apenas rubí, cinco franjas, una estrella, dejando al descubierto uno de los países menos exitosos del Tercer Mundo, finca estéril, faro fundido de América toda.

Dejándolo al descubierto a Usted, el peor cubano.

Y tarareo:

Mi sombrero y mi tambor
Y mi linda guayabera
Son las cosas que yo tengo
Pa gozar la noche entera


En el cancionero cubano abundan las loas a nosotros mismos.

Desde los montunos más simples, que invitan a bailar con la morena, en carnaval, la noche entera, en guayabera, hasta las guarachas más ramplonas que corean “¡Acere, qué volá!”, como si tal cosa fuera distinción y gracia. Eso, aun antes de la puñalada mortal que le asestara el regetón a la cultura nacional.

Eso, que es más o menos lo que nos ha ido quedando después que los pilares de utilería, que Usted erigiera, desaparecieran tragados por la realidad.

En lo personal, nunca fui de gozar noche entera con tambor, ni sombrero, ni guayabera. Con morenas, sí. Como cubano urbano, capitalino, mi idea de una buena diversión era irme a un club nocturno a beber ron aguado, con una muchacha, manosear, ser manoseado y, con suerte, terminar la noche en una posada.

O quedarme en casa, escuchando un juego de pelota. De Los Industriales que fueron, son, un termómetro de mi desapego.

A finales de los ochenta, principios de los noventa, yo devoraba los juegos de los Industriales. Me sulfuraba con los comentarios despreciativos de los difuntos Hector Rodríguez y Eddy Martin (gente suya, señor), y me extasiaba con los comentarios parcializados de Armando Fernández Lima y Ángel Miguel Rodríguez, los más talentosos e industrialistas comentaristas que hayan existido en la radio cubana.

Después, también los Industriales se disolvieron en la grisura, y ya yo me iba de Cuba. Nunca más me ha interesado ese equipo, si bien de alguna manera sigo siendo industrialista ochentero.

Y Usted, ¿está viendo las Olimpíadas?

Han sido una revelación, ¿sabe?; me encuentro con que tampoco me interesa lo que hagan los deportistas cubanos (que no es mucho, la verdad), y con ello creo que he llegado a un limbo de no alineación y desarraigo envidiables: ni siquiera me preocupa quién gane; solo veo -si acaso- la competencia, lo cual es por demás muy congruente con lo que hago al respecto del proceso cubano, ese forcejeo en el cual hay un par de jugadores talentosos, un resto de mediocres, y un resultado que, sea cual sea, no va a cambiar la vida de los espectadores.

Y Usted, fuera del juego.

Y tarareo:

Cuba, que linda es Cuba

Lo que sucede es que Usted nunca ha caminado por mi barrio, allá en Santos Suárez, y obviamente ya no lo hará, así que le describo la situación brevemente:

Hay tanta mierda de perro en lo que queda de acera que, más que caminar, se salta. Lo que fueron jardines ahora son matorrales; lo que fueron casas ahora son amasijos de rejas oxidadas, portales cerrados con toscos muros de bloques para hacerle lugar a hijos que crecen, o parientes que llegan.

Cuba ya no es linda, señor, sino depósito de ese legado, tan suyo, por el que será mal recordado: por los escombros, por la nación deshecha, por la mierda de perro que flota en el aire de mi ciudad.

Y tarareo

Que lo pases con sana alegría.

No es para tanto. Pero así reza la felicitación, aunque no sea de felicitación mi deseo.

Mi deseo es que Usted, a sus noventa años, tenga lucidez suficiente para observar en qué se ha convertido ese país en el cual Usted va a morir. Usted, que sí usa sombreros de guano que tampoco le quedan bien; que ya no viste guayaberas, y que, definitivamente, ni puede bailar el son ni cabalgar una morena. 

Usted, que, en cumpleaños o en cualquier otro día, no merece una bandera que ondee en su nombre.

Hasta la próxima entonces, se despide,

Un no-admirador.


miércoles, 10 de agosto de 2016

El terrible cansancio

Hace unos meses, cuando la imagen de la candidata Hillary Clinton comenzó a mostrar fisuras, a hacer aguas, me cansó verla y escucharla. Fue ese el resultado de una sobreexposición, de la saturación a que hemos sido sometidos los que seguimos el proceso electoral.

De repente, dejó de ser atractiva.

Aun cuando en política una semana es una eternidad, y no hay manera segura de extrapolar, siento que algo similar está sucediendo con Donald Trump.

No pasa una semana sin que, ya sea por su por muchos sospechada incapacidad mental, o por una estrategia inútil y defasada con el momento político, el candidato Trump inaugure una nueva controversia.

Puede que a sus partidarios más acérrimos eso les resulte congruente, deseable, y hasta gracioso, pero siento que a muchos de nosotros, los demás, ya nos agobia que la primera noticia del día sea “Trump dijo...”

O sea que ya, por cansancio, Donald Trump también ha comenzado a ser, además, aburrido.

jueves, 4 de agosto de 2016

Un hombre aburrido con un peinado estrambótico

Donald Trump ha llegado a ser el candidato presidencial republicano tan solo por ser bocón y brutal en sus declaraciones.

Y cada vez que ha dicho algo que clasifica como racista, grosero, insensible, vengativo, insensato, o simplemente como políticamente incorrecto, muchos hemos pensado que esa era la gota que derramaría el vaso. Pero Donald Trump siempre ha salido a flote. O más bien sus partidarios, a fuerza de vítores, aplauso y sectarismo visceral, lo han sacado a flote.

Donald Trump ha llegado a ser el candidato presidencial republicano entonces no por ser sagaz, astuto, capaz.

Ha llegado hasta aquí porque hay quien gusta de la idea de un Presidente bocón y brutal, al que no quiero imaginar como mandatario resentido, impulsivo, ególatra, negociando con aliados difíciles, o acariciando con el dedo el botón nuclear.

El dilema entonces no es elegir a Trump como Presidente porque Hillary es una opción mediocre, o porque esta es parte de un clan que -también- manipula y miente. El problema es que Trump es, indiscutiblemente, un mal mayor, un mal que no es republicano, que no es nada de lo que dice, que es si acaso trumpista, y los republicanos de vergüenza y pensamiento lo saben.

El último capítulo de la torpeza de Donald Trump es el escaso sentido común mostrado en su conflicto personal con los padres musulmanes del Capitán Humayun Khan, militar americano caído en Iraq y condecorado post mortem con la Estrella de Bronze y Corazón Púrpura.

Como si fuera poco, con manifiesta intención vengativa -y no es la primera vez que tal inclinación se pone en evidencia-, le ha negado el apoyo en su reelección a nada menos que al presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan y al Senador John McCain, dos de las figuras más importantes del republicanismo.

No sé qué necesitan los republicanos -y aquí no incluyo a los que apoyan a Trump a capa y espada, pues ahí no hay nada que hacer- para salirse de la espiral de bochorno y sensacionalismo en que la veta histriónica y la incapacidad como político de Donald Trump los ha lanzado.

Las elecciones de noviembre serán la última oportunidad para cambiar de canal y dejar que cancelen ese triste reality show. Pero, desde ya, Donald Trump “alerta” a sus seguidores de que el proceso electoral “está amañado”, creando discordia en la mejor usanza de los caudillos y dictadorzuelos que son, en primer lugar, malos perdedores. Como si no bastara con la incitación que hiciera a una potencia extranjera a espiar a un candidato presidencial americano, ahora se erige en agitador populista.

Si bien Donald Trump no es responsable por lo peor que haya en la sociedad norteamericana, sí lo es por sacarlo a flote y usarlo a su conveniencia: xenofobia, nacionalismo del bobo, odio en lugar de ideología, enemigos en lugar de adversarios, todo mezclado en aguas muy turbias.

Aguas turbias que, por el momento, ofuscan el sentido de una buena parte de los americanos, para la sola ganancia de Donald Trump, un hombre aburrido con un peinado estrambótico.

lunes, 1 de agosto de 2016

Guaguancó trasatlántico a dos voces

Los invito a leer esta magnífica historia escrita por Teresita Dovalpage.

“Guaguancó trasatlántico a dos voces” está basado en un hecho real (un cubano que se embarca como polizón en un trasatlántico a fin de llegar a EE. UU. y acogerse a la ley de "Pies Secos, Pies Mojados").

El relato salió a la luz en francés en marzo, como parte de una antología, Nouvelles de Cuba, publicada por la editorial Magellan. Esta es la versión original, corregida y aumentada. Se ha presentado a un concurso y se puede leer en este enlace.

No es necesario votar por el cuento, sólo descargarlo. Igualmente les recomiendo que les echen un vistazo a los muchos buenos relatos que se han presentado al concurso.

miércoles, 27 de julio de 2016

Putin Berniebro-ich

El hackeo de los correos electrónicos del Comité Nacional Democráta (CND), que al cabo no resultaron ni tan dañinos, ni siquiera escandalosos -hay sendos textos en el The Washington Post y en The New Yorker que colocan el asunto en su justa medida- pone en evidencia las ansias hegemónicas del presidente ruso Vladimir Putin.

No es Trump el preferido del zarevich ruso: es Sanders.

Mientras de Hillary Clinton se puede esperar una política exterior semejante a la del Presidente Obama -pienso que, incluso, más agresiva-, y para el caso particular de Rusia quizás toda una estrategia que aplaque los pininos imperialistas de Putin; mientras que de un Trump-presidente es difícil saber que resultaría en términos de política exterior, toda vez que sus declaraciones al respecto han sido compulsivas, incoherentes, y eso a pesar de haber dicho que Putin le simpatiza, Sanders por su parte hubiera sido el presidente americano más blando de la Historia de este país, y los rusos lo saben.

Y les gustaba la idea, esa de un Presidente Kumbaya, cuasi-socialista, anti-capital, anti-capitalista, tan parecido a aquellos izquierdistas sesenteros que la URSS alentaba y apoyaba. Tan quintacolumnista, el Bernie, que Putin decidió echarle una última tabla de salvación a ver qué pasaba.

Y no pasó nada.

La correos electrónicos sólo provocaron la renuncia de la presidenta del CND, que, a diferencia de Bernie y sus Berniebros, entendió que había que hacerle paso a Hillary en pro de una victoria de los demócratas en Noviembre. Y de inmediato se quitó del camino.

La noticia de los emails está a punto de ser olvidada. Solo el FBI y otras agencias seguirán el rastro de los hackers hasta la dasha de Putin, y ahí acabará la historia.

Pero quede el suceso como un recordatorio de un mal conjurado a tiempo: el de Bernie Sanders, su promesa de revolución, y sus revolucionarios de Starbucks, academia y “We shall overcome!”, o sea, “Venceremos!”.

Quede además como una confirmación de aquello de “dime con quién andas...”, y como una prueba más de que Bernie era, es, mala idea para los Estados Unidos, y que Putin, tiranuelo boreal, antiamericano, su Berniebro, también lo sabía.


viernes, 22 de julio de 2016

El espantajo y el espanto

Los buenos negocios y la política comparten una piedra angular: el oportunismo.

Oportunismo que, en el caso de la política, a veces toma otros nombres: demagogia, populismo, mesianismo, tiranía. Si se observa con cuidado, se nota que las líneas que separan un nombre de otro son tenues, frágiles. Invisibles, en los peores casos.

Lo más sencillo es agarrar un espantajo -en todas las épocas hay muchos de ellos disponibles- y agitarlo. Entonces se grita: que uno sabe cómo neutralizar ese horror, y eso será repetido una y otra vez. En ninguna de ellas se dirá cómo eliminar esos males: solo se anuncia la intención.

Y ya.

De esa manera, Lenin, Stalin, Hitler, el Kemer Rojo, los norcoreanos, Fidel Castro, todos los dictadores, todos los tiranos, y Donald Trump, han convencido a la masa crítica, la gris, la moldeable, que el espantajo es real, y que ellos, los oportunistas, saben cómo exorcisar a ese monstruo para que la vida sea mejor, para que se cumplan propósitos inaplazables, esos que siempre son superiores, puros, excelsos.

El país, la nación, el futuro, nuestros valores, la supervivencia de lo que amamos, están invariablemente amanazadas por la sombra de ese monigote -del espantajo, me refiero, que también tiene muchos nombres.

Ya sea la plusvalia, los burgueses, los judios, la intelligentsia (¡ay!, la intelligentsia...), los comunistas, el imperialismo, el socialismo, los Estados Unidos, los inmigrantes mexicanos, ¡aleluya!, no temais: llegó nuestro salvador a combatir, exterminar, prohibir, cremar, modificar, odiar, nulificar, deportar.

Simple.

No hace falta mucho más -o sí: una retórica encendida, oscura, que entregue eficazmente el mensaje- para iniciar entonces una bola de fango, que crecerá en avalancha y que, de no atajarse, terminará invariablemente en un desastre que puede durar medio siglo, o un período presidencial.

Los oportunistas causan espanto. Todos se parecen. Todos dicen lo mismo, en primera y mesiánica persona. Y ya sea “Mein kampf (Mi lucha)”, “La Historia Me Absolverá”, “I am your voice!”, la masa crítica, la gris, la moldeable, siempre responderá igual:

Heil!”
¡Venceremos!”
Build the wall, build the wall!”

Y el espanto entonces se convierte en otro espantajo.

miércoles, 20 de julio de 2016

Con tu escasa palidez

Let me tell you something: I thought I was white until I got here...”, decía en la televisión un reportero. Reía, divertido, por el casi absoluto predominio de la raza blanca en la Convención Republicana.

Eso fue hace cuatro años, durante la nominación de Mitt Romney.

Hoy de nuevo se habla y escribe sobre el tema. Como si no se cansaran de asombrarse porque el Partido Republicano es un partido de blancos. Y mientras más blanco, mejor. Un partido donde los escasos negros son mostrados como trofeos; un partido donde, de verse a un hispano, hay muy altas probabilidades que sea en calidad de jardinero o nana.

Claro, a no ser que sean cubanos.

No digo nada nuevo si menciono que el sur de la Florida y sus cubanos eran un bastión republicano. Parece que un sector de los cubanos exiliados en los Estados Unidos se arrimaron al ideario republicano por ser este de línea dura con el desgobierno cubano.

Insisto: era un bastión republicano.

Ahora, con la disminución de la proporción de los cubanos “radicales”, diluidos con la arribazón de la generación de la Y y el regetón, el balance se inclina hacia el antirepublicanismo.

Otra vez, responde esa nueva tendencia a los intereses de los cubanos y su peculiar relación con Cuba.

En una época donde la distensión y la apertura propiciadas por el gobierno americano, y con la promulgación de las “medidas” que el desgobierno cubano, que en sus estertores finales -y prolongados- decidió, entre otros, permitirle viajar y regresar a sus ciudadanos para que fluyera una bocanada de divisas, el republicanismo cubano está a la baja, y así debe continuar.

Y pienso que no hay nada malo en ello; más bien, lo contrario.

En términos generales, no encuentro mucho sentido en apoyar un partido político que rechaza a los emigrantes. Que propugna la supremacía americana -con todo lo que en realidad implica el eufemismo. Que extiende un manto oscurantista sobre fenómenos climáticos globales, para favorecer a la gran industria. Que es antidarwinista, mojigato, beato, que quiere armas para todos, no porque exista una enmienda constitucional obsoleta, escrita en 1791, sino porque uno de sus mecenas, la industria armamentista, y su profeta, la NRA, quieren que el negocio de matar prospere.

No hay mucho sentido en un partido que rechaza a las minorías, que tiene a los Rush Limbaugh y Hannities repartiendo odio y pananoia a voleas sobre un sector de la población desinformado y obtuso. No hay mucho sentido en un partido que, con tal de tener una oportunidad de hacerse con el poder, acepta a un megalómano, ricacho aburrido y egocéntrico, que ha exacerbado el racismo y la crispación nacional, como su candidato presidencial.

No entiendo entonces qué buscan los latinos que apoyan a ese partido. Y no entiendo, por supuesto, a qué aspiran todavía los cubanos que prefieren y defienden el republicanismo.

No hay nada para ellos allí. No hay nada para nosotros. No hay nada para mí.

Y no se trata el asunto de ser demócrata a cambio -que yo no lo soy-: tiene que ver con ser consecuente, tiene que ver con identidad, con sentido común. ¿Que aún no lo entiende? Pues más sencillo:

Tiene que ver con que Usted, mi amigo, mi amiga, no está lo suficientemente pálido para ser republicano.

martes, 19 de julio de 2016

Tremenda turca

No estoy muy ducho en la historia y política de Turquía.

Pero sí tengo esa impresión, recogida a través de los años leyendo y escuchando sobre ese país, que es complejo, poco confiable, ambivalente por antonomasia.

Una nación que se reparte entre Europa y Asia, que fue Bizancio, el Imperio Otomano, antes de ser Turquía, aliado a regañadientes, circunstancial, de Occidente, país musulmán, la piedra de contención insertada entre la Rusia neoimperialista, el Medio Oriente fundamentalista y el Occidente bajo el asedio del terrorismo.

Entonces, un golpe de estado.

Torpe, cruento, improvisado, y derrotado de inmediato por la sola presencia del Presidente Erdogan.

Y miles de militares, jueces, opositores, siendo apresados y procesados de inmediato, como si las listas con todos los nombres hubieran estado elaboradas desde siempre, solo esperando la oportunidad para que se leyeran en voz alta.

No estoy muy ducho en la historia y política de Turquía, insisto, pero todo me parece un montaje para afianzar un gobierno que tiene todos los colores del autoritarismo, el extremismo y el fundamentalismo musulmán.

Sería entonces una puesta en escena, una mentira. O, como decíamos de chamacos, tremenda turca.